Solemos sobrevalorar las palabras, cuando tan sólo son un ínfimo complemento de entre todas las cosas con las que podemos llegar a expresarnos…

miércoles, 29 de febrero de 2012

El que tuvo, retuvo...


Algunas veces me pregunto dónde han podido quedar todas aquellas cosas que existieron y que en algún momento perdimos por el camino de la vida. Las amistades, familiares, amores, todas esas historias que tuvieron su momento y su protagonista y que por una razón u otra ya no nos acompañan.

¿Es cierto eso de que "el que tuvo retuvo"? ¿O simplemente hacemos una especie de “reseteo mental” y olvidamos todo, sin dejar ningún tipo de poso o rastro de esa historia en nosotros?

Contadas veces me pregunto que harán aquellas personas que en algún momento fueron parte de mi vida y ya no están en ella. También me pregunto si esas personas se pararán un segundo a pensar en qué habrá sido de mí. Es realmente increíble cómo en un instante alguien que era muy importante para ti pasa a desaparecer de tu vida, llegando un punto en el que está tan desconectado de ti que incluso dejas de acordarte de esa persona.

Con el paso del tiempo me voy dando cuenta de que, aunque sea duro decirlo, no existe nada ni nadie imprescindible en nuestra vida. Solo tenemos pérdidas (más o menos dolorosas). Pero nadie es 100% imprescindible, porque incluso en el peor de los casos tiramos para delante. Depende de qué o quién fuera nos costará más o menos “superarlo”; pero llega un punto en el que aprendemos a vivir sin esa persona y al final, terminaremos "olvidándola" y sólo nos quedará un leve recuerdo al que recurriremos según la trascendencia que haya tenido en nuestra vida.


Es triste, pero lo utilizamos como mecanismo de supervivencia (defensa) puro y duro. Porque ¿Creéis que podríamos seguir con nuestra vida así como así, teniendo que llorar por siempre a todos aquellos que de algún modo perdimos?

Es el tiempo, artífice del olvido, al menos si el sujeto o cosa que queremos olvidar realmente era importante para nosotros. El tiempo, arma de doble filo, que nos permite olvidar tanto lo malo como lo bueno, para así mezclarlo todo y dejarlo abandonado en algún lugar ajeno a nosotros mismos, para que dejemos de ser (en parte) quienes fuimos y dejemos espacio a quienes nos disponemos a ser. 


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