Qué curiosa es la vida. A veces pienso que pasamos por ella únicamente de puntillas, y que no somos conscientes de todo lo que ella nos ofrece. Nos refugiarnos en miedos que nos paralizan completamente, que únicamente nos dan inseguridad.
Pero es aún más curioso que cuando éramos pequeños, esos miedos no existían, y disfrutábamos de lo que la vida nos ofrecía sin ningún problema, nos aferrábamos a ello sin soltarlo. Si queríamos algo lo pedíamos con todas nuestras fuerzas y luchábamos por ello costase lo que costase.
De pequeños, estábamos en cualquier lugar, veíamos a otro niño y sin miedo preguntábamos: “¿quieres ser mi amigo?”. Sin barajar la posibilidad de que te fuese a decir que no. Y si te lo decía, pues pensabas: “Se lo pregunto a aquel de allí”. Ahora no es tan simple.
De aquellas compartíamos con esa persona que acabábamos de conocer las cosas más importantes de nuestra existencia, bien fuese una canica nueva o el berrinche que tenías por vete tú a saber qué… Hoy por hoy, esa pregunta carece de sentido. Cada uno tiene sus amigos y es (casi) imposible salirse de ahí, el resto de gente simplemente son “conocidos”. Nos aterra ofrecernos a los demás sin tener seguridad absoluta de que te vayan a recibir bien.
En ocasiones sentimos la necesidad imperiosa de conocer a alguien o “alguienes” nuevos con quien poder compartir parte de nuestra existencia. Alguien que de alguna forma dé un giro a nuestro mundo, o que, simplemente, amplíe nuestro campo de visión. Y es ahí cuando aparecen los miedos, las dudas, la inseguridad… Todas esas sensaciones que nos impiden vivir...
Pero hay algo aún más curioso: la cantidad de amigos que tenemos suele ser inversamente proporcional a la cantidad de años que llevamos vividos.
Y yo me pregunto: ¿No debería ser al revés? Cuantos más años tenemos, más experiencias habremos vivido. Si tenemos más experiencias, tendremos más gente con la que las hayamos compartido.
En conclusión… ¡¡Deberíamos tener más amigos!!
¿Qué ocurre entonces?, ¿cuál es la razón de este absurdo?
Supongo que conforme vamos creciendo, nos hacemos egoístas y recelosos. Y son estos sentimientos los que nos lo impiden… Quizá va siendo hora de dejar de lado todo ese miedo que nos aleja de aquello que queremos. Hora de mirarle de frente y plantarle cara, que sólo con sacarle la lengua como hacíamos de pequeños no se va.
Ahora sólo queda saber si somos capaces de hacerlo…
No hay comentarios:
Publicar un comentario